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TitleBanville, John - La Carta de Newton
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Page 30

todos sentados, mirando al vacío, como figuras víctimas de un encantamiento en
un cuento de hadas. Bunny nos miró cuando entramos y un destello de interés
iluminó sus ojos pequeños y duros. No le faltaría habilidad para husmear nuestros
secretos. Yo me aparté de Ottilie.

—Veo que se encuentra usted como en su casa —dijo Bunny.
—Son todos muy amables —contesté, y traté de reírme. Las piernas no

parecían funcionarme bien. Bunny arqueó una de sus cejas socarronamente.
—Es verdad —dijo.
Estaba rumiando algo, eso era indudable. Yo perdí interés en ella. Edward

hizo chocar la botella contra mi vaso. Su rostro tenía un color ceniciento. Recibí el
pleno impacto de su aliento, como una nube cálida y oscura. Miré a Charlotte, la
única persona morena entre tantos rubios. Estaba sentada, con la espalda arqueada
y los hombros derechos, brazos extendidos sobre el regazo y manos enlazadas.
Parecía una gacela. Pobrecita. Mi corazón latió. La luz amoratada de las últimas
horas de la tarde me trajo a la memoria otros días; sentía su textura, pero a ellos en
sí no los recordaba. Me parecía estar a punto de llorar. Edward chasqueó los dedos
y se sentó al viejo piano. Tocó lamentablemente, meciendo los hombros y cantando
con suavidad. Bunny trató de hablar, pero el ruido no nos dejaba oírla. De todas
maneras nadie la escuchaba. Michael estaba sentado en mitad del suelo, jugando
con el coche de juguete que yo le había regalado. Yo cogí las manos de Ottilie en las
mías. Ella se quedó mirándome y empezó a reírse. Bailamos, como un par de
duquesas borrachas, alrededor de la desvaída alfombra, una y otra vez. Bunny nos
devoraba con los ojos. Una vez terminado su repertorio, Edward se puso de pie y
llevó a Charlotte, a pesar de sus protestas, al piano. Ella tocó ligeramente las teclas,
en silencio y por espacio de unos instantes, y después empezó, vacilantemente, a
tocar. Era una música delicada, que parecía proceder de una larga distancia, del
interior de algo, y yo me imaginé una caja de música puesta en movimiento por
una brisa inesperada o por una puerta al cerrarse, convirtiéndose en una canción
solitaria en un lugar olvidado, en el rincón de una buhardilla. Me paré a
observarla, sus cabellos oscuros y brillantes, su cuello pálido y esas manos que,
ahora, en lugar de las de Ottilie, parecían estar en las mías. La luz de la tarde, las
altas ventanas..., ¡oh, una gacela! Ottilie se separó de mí y se arrodilló al lado de
Michael. El cochecito de juguete se había caído, ebrio, de un lado, runruneando.
Michael entrecerró los ojos. Había pasado todo este tiempo tratando de romperlo.
Edward lo cogió y lo examinó, dándole vueltas entre sus dedos gruesos, con una
lentitud torpe y somnolienta. Yo los miré a los tres, a Ottilie, al niño, al hombre del
rostro ceniciento, y algo se agitó dentro de mí, un eco de algún viejo y oscuro
cuadro. Jesús, María y José. Se fueron apartando lenta, muy lentamente, como si
formaran parte de una oculta maquinaria teatral. Y al fin todos ellos

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