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TitleBoff, Leonardo - La Resurreccion de Cristo
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Colección «ALCANCE»

17
Leonardo Boff

LA RESURRECCIÓN DE
CRISTO NUESTRA

RESURRECCIÓN EN LA
MUERTE
(5.a edición)

Editorial SAL TERRAE
Santander

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1. Nuestro horizonte de comprensión y la fe
en la Resurrección

El hombre es por esencia «homo viator»; an-
da a la búsqueda de sí mismo. Desea realizarse en
todas sus dimensiones, no sólo en lo que concierne
a su alma sino en su totalidad de hombre, en su
unidad radical cuerpo-alma. El pensamiento utópi-
co es una de las constantes de todas las culturas,
desde las más primitivas, como es el caso entre
nuestros indios Tupi-guaranís y Apapocuva-guara-
nís (1), hasta las de nuestros días, como en un
Teilhard de Chardin o en A. Huxley (2). El hom-
bre desea superar todas las alienaciones que lo afli-
gen: el dolor, la frustración, el odio, el pecado y la
muerte. Quiere plenitud y vida eterna. El princi-
pio-esperanza es una estructura existencial del
ser-hombre. «¿Quién me librará de este cuerpo de
muerte?» (Rom 7,24). Todos los hombres sue-
ñan con la situación descrita por el Apocalipsis
«en la que ya no existirá la muerte, ni el luto, ni el
llanto, ni el cansancio, porque todo eso ya pasó»

(1) Cfr. Linding, H., «Wanderungen der Tupi-
Guarani und Eschatologie der Apapocuva-Guarani», en
Mühlmann, W., Chiliasmus und Nativismus Studien zur
Psychologie, Soziologie und Historischen Kasuitik der
Umsturzbeüegungen, Berlín 19642, 19-40.

(2) Véase el enorme material acumulado en los
tres tomos de E. Bloch, El principio esperanza. Aguilar,
1975; Eliade, M., «Dimensions religieuses du Renouvelle-
ment cosmique», en Éranos Yahrbuch 1959, 241-275.

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(21,4). El hombre de hoy, más que el de otras
generaciones, se plantea preguntas radicales acerca
de su futuro. La pregunta que más le interesa no
es ya la de quién es el hombre, sino la de qué será
del hombre, qué futuro le está destinado.

Nietzsche soñó con un superhombre con cuer-
po de César y alma de Cristo (3), un santo de una
especie nunca existente con anterioridad, capaz de
dominar con superioridad el mundo creado por
él mismo. El ansia de realización personal y cós-
mica del hombre queda siempre frustrada por la
muerte. La muerte es un barrera para todas las uto-
pías. ¿Qué respuesta da el cristianismo a semejan-
te cuestionamiento? Es aquí donde la fe en la resu-
rrección como futuro absoluto del hombre ad-
quiere una resonancia especial, como la que tuvo
en otro tiempo, en tiempos de Jesús. La teología
judaica postexílica elaboró la utopía del reino de
Dios (en sus diversos modelos: político, profético
y sacerdotal) como transformación radical de los
fundamentos de este mundo e irrupción del cielo
nuevo y de la tierra nueva; una realidad totalmen-
te reconciliada con Dios y consigo misma (4).

(3) Aus dem Nacblass der Achizigerjahre, en F.
Nietszche I I I , Darmstadt 1960, 422; cfr. el aspecto histó-
rico de la idea del superhombre que tiene un origen
cristiano; más tarde fue secularizada por Jean Paul y
aplicada a Napoleón: E. Benz, «Der dreifache Aspekt des
Uebermenschen, en Éranos Jahrbuch, 1959, 109-192.

(4) Cfr. Schnackenburg, R., Reino y Reinado de
Dios, Fax 1970, con la ingente bibliografía allí elaborada,
espec. 1-48; cfr. Brunner, P., «Elemente einer dogmatis-

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El tiempo de Cristo se caracteriza por esa efer-
vescencia y expectativa mesiánico-escatológica
(cfr. Le 3,15). De modo semejante, el mundo
helénico estaba invadido por doctrinas de libera-
ción. La Gnosis prometía la redención de la exis-
tencia alienada del hombre perdido en el mundo.
Es mérito de Hans Joñas haber mostrado en sus
minuciosas investigaciones hasta qué punto el
mundo gnóstico se parece, por su temática y preo-
cupaciones, al moderno existencialismo (5). En
ese contexto se anunció la novedad absoluta del
triunfo de la vida sobre la muerte y se expresó
hasta qué punto son verdaderas aquellas palabras
del Cantar de los Cantares: «El amor es fuerte
como la muerte» (8,6). En ese horizonte de com-
prensión no sólo se sitúa el evangelio de la resu-
rrección, sino también y principalmente todo el
mensaje de Jesús del que la Resurrección constittu-
ye el dato central.

2. La Resurrección de Jesús, una utopía
humana realizada

Un hombre se alza en Galilea; Jesús de Naza-
ret, que más adelante se revelaría en su ser como el

chen Lehre von Gottes Basileia», en Die Zeit Jesu (Fests.
para H. Schlier), Freiburg 1970, 228-256.

(5) Joñas, H., Gnosis und sipatantiker Geist, I, II,
Gottingen 1934.

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mismo Dios en condición humana, eleva su voz
y anuncia: «Se ha agotado el plazo. La irrupción
del nuevo orden está próxima y será traída por
Dios. Revolucionaos en vuestro modo de pensar y
de actuar. Creed en esta venturosa noticia» (cfr.
Me 1,15; Mt 4,17). Con ello, Cristo asume un
elemento de utopía presente en todos los hom-
bres: la superación de este mundo alienado, lleva-
da a efecto por Dios. El reino de Dios, expresión
presente 122 veces en los Evangelios y 90 en boca
de Cristo, significa una revolución total y estruc-
tural de los fundamentos de este mundo, introdu-
cida por Dios. El reino de Dios no significa, por
tanto, algo interior o espiritual, ni algo que venga
de arriba o que haya que esperar fuera de este
mundo o tras la muerte. En su sentido pleno, rei-
no de Dios es la liquidación del pecado con todas
sus consecuencias en el hombre, en la sociedad y
en el cosmos, la transfiguración total de este mun-
do según el sentido de Dios (6). Los milagros de
Jesús, más que probar su divinidad, apuntan a

(6) Cfr. Bornkamm, G., Jesús von Nazareth, Stutt-
gart 1956, 59 (traduc. castellana: Jesús de Nazaret, Sigúe-
me, 1977); Bultmann, R., Theologie des Neuen Testa-
mentes, Tübingen 19655, 3; Becker, J., Das Heil Gottes.
Heil-und Sündenbegriffe in den Qumrantexten und im
Neuen Testament, Gottingen 1964, 388-390; Boff, L.,
«Jesús Cristo Libertador», Vozes, Petrópolis 1972, 62-75
(trad. castellana: Jesucristo el Libertador, Sal Terrae,
1980).

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con todo el cosmos. «Pasa ciertamente la figura de
este mundo deformada por el pecado», nos advier-
te el Vaticano II, «pero sabemos que Dios nos
prepara una morada nueva y una tierra nueva. En
ella habita la justicia y su felicidad colmará y supe-
rará todos los anhelos de paz que brotan en los
corazones de los hombres. Entonces, vencida la
muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo...,
y toda la creación que Dios hizo para el hombre
será liberada de la servidumbre de la vanidad...
El reino ya está presente, en misterio, aquí en la
tierra. Al llegar el Señor, se consumará» (GS,
n. 39).

¡Qué consoladoras suenan las palabras del
prefacio de la misa de difuntos (I) que resumen
toda la teología expuesta en este estudio!: «En
Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrec-
ción. Y así, aunque la certeza de morir nos entris-
tece, nos consuela la promesa de la futura inmor-
talidad. Porque la vida de los que en Ti creemos,
Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse
nuestra morada terrenal, adquirimos un puesto
eterno en el cielo».

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