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Curso DIDÁCTICA DE LA LITERATURA INFANTIL

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Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea
leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises
han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos
significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones
o dilataciones. Leyendo a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la
legitimidad del adjetivo «kafkiano» que escuchamos cada cuarto de hora aplicado a
tuertas o a derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o Demonios de Dostoyevski,
no puedo menos que pensar cómo esos personajes han seguido reencarnándose
hasta nuestros días.

La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen
que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa
de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios,
interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender
que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio
hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores
muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces
de una cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo
puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él.
Podemos concluir que:

VIII. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos,
pero que la obra se sacude continuamente de encima.

El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos
en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber pero no sabíamos que él
había sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial). Y
ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el
descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia. De todo esto
podríamos hacer derivar una definición del tipo siguiente:

IX. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más
nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando
establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta chispa, no hay nada que
hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo
en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos
entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después «tus»
clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección;
pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier
escuela.

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Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con el libro
que llegará a ser tu libro. Conozco a un excelente historiador del arte. Hombre de
vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su predilección más
honda en Las aventuras de Pickwick, y con cualquier pretexto cita frases del libro de
Dickens, y cada hecho de la vida lo asocia con episodios Pickwickianos. Poco a poco
él mismo, el universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las aventuras
de Pickwick en una identificación absoluta. Llegamos por este camino a una idea de
clásico muy alta y exigente:

X. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a
semejanza de los antiguos talismanes.

Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo soñaba Mallarmé
Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte de oposición, de
antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau piensa y hace me interesa mucho,
pero todo me inspira un deseo incoercible de contradecirlo, de criticarlo, de discutir
con él. Incide en ello una antipatía personal en el plano temperamental, pero en ese
sentido me bastaría con no leerlo, y en cambio no puedo menos que considerarlo
entre mis autores. Diré por tanto:

XI. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve paradefinirte a
ti mismo en relación y quizás en contraste con él.

Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico» sin hacer distingos
de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez
sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una
moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural. Podríamos decir:

XII. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído
primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.

Al llegar a este punto no puedo seguir aplazando el problema decisivo que es el de
cómo relacionar la lectura de los clásicos con todas las otras lecturas que no son de
clásicos. Problema que va unido a preguntas como: «Por qué leer los clásicos en vez
de concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?»
y «¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos,
excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad?».

Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente
el «tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo,
Quevedo, Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin,
Proust y Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas.

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Bibliografía

• Calvino, Italo, Por qué leer los clásicos, Barcelona: Tusquets,1992.

• Colomer, Teresa, Introducción a la literatura infantil, Madrid Sintesis,sf.

• Garralon, Ana, Historia portátil de la literatura infantil, Fuentelabrada Madrid, Anaya 2001.

• FINGERMAN, J. G. (1970): El juego y sus proyecciones sociales, Buenos Aires, Ateneo.

• SIGNORELLI, M. (1963) El niño y el teatro, Editorial Universitaria, Buenos Aires.

• YAGÜELLO, M. (1983) Alicia en el país del lenguaje, Madrid, Mascarón.

• Adam, Jean Michel y Clara Ubaldina Lorna(1999). Lingüística de los textos narrativos.
Barcelona Arie.

• Bettelheim , Bruno (1975): psicoanálisis de los cuentos de hadas, critica, Madrid

• Lluch., Gemma.,(2006): De la narrativa oral a la literatura para niños. Grupo editorial Norma,
Bogotá.

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