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Karlheinz Deschner




Historia criminal
del cristianismo

La época patrística
y la consolidación del primado de Roma

Vol. 2



Colección Enigmas del Cristianismo




Ediciones Martínez Roca, S. A.






Traducción de J. A. Bravo













Historia Criminal del Cristianismo Vol. II 2

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sino que les dejó abierta, en caso de retractación―la medicina habitual, el veneno
habitual―, la posibilidad de ser acogidos de nuevo; en las tres cartas se presenta con la
pose del médico curador. Por otro lado, no molestó a los africanos, sino que confirmó
sus resoluciones y condenó la “herejía”, de modo que Agustín, por lo demás totalmente
ignorado por el papa, en un sermón del 23 de septiembre de 417 afirmó que el asunto
estaba cerrado, “Causa finita est; utinam aliquando finiatur error!” -como si también el error
hubiera llegado a su fin, transformándolo más tarde en el pareado: Roma locuta, causa
finita.263

Sin embargo, Agustín había echado las campanas al vuelo demasiado pronto. La
fuerza con que la “herejía” ― que estaba extendida por el sur de Italia y Sicilia, por el
norte de África, en Dalmacia, en Hispania, Galia y Bretaña, en la isla de Rodas, en
Palestina, en Constantinopla ― estaba entroncada también en la Ciudad Santa, alrededor
de la Santa Sede e incluso en él mismo, se puso de manifiesto tres meses después, tras la
muerte de Inocencio I, acaecida el 12 de marzo de ese mismo año.264

El sucesor Zósimo (417-418) recibió en Roma de modo muy amistoso a Celestio, que,
siendo ya sacerdote, partió de Éfeso y se dirigió a informar personalmente al papa. Le
puso a dura prueba y escuchó como Celestio creía en la necesidad del bautismo de los
niños y como se sometía por completo al laudo de la Silla Apostólica; luego hizo revisar
todas las actas y admitió “que no había ninguna sombra de duda” en la fe del “hereje”.
Declaró nulas las demandas de los obispos Heros y Lázaro, enemigos personales del
papa, acusó de precipitación y negligencia al episcopado africano y exigió una rotunda
revisión de la condena. Poco después llegó una carta de Pelagio (dirigida todavía a
Inocencio) junto con un nuevo libro suyo, y Zósimo encontró que Pelagio, por el que
intercedía también con gran energía el nuevo obispo de Jerusalén, Praylos, estaba
asimismo fuera de toda sospecha, era ortodoxo en todas las cuestiones importantes,
tenía un elevado carácter moral y dejaba traslucir su sometimiento a la autoridad papal.
Así pues, se dirigió de nuevo a África. “Si hubierais podido estar presentes, queridos
hermanos... ― escribió Zósimo ―. ¡Cuan impresionados estábamos cada uno de nosotros!
Apenas ninguno de los presentes pudo contener las lágrimas ante el hecho de que se
pudiera haber inculpado a un hombre de fe tan auténtica.” El papa habló de falsos
testigos y explicó a Agustín: “El signo de un sentimiento elevado es creer sólo
difícilmente lo malo”. Criticaba “esas preguntas capciosas y esos necios debates”, la
curiosidad, la elocuencia desenfrenada y hasta el abuso de las Santas Escrituras. “Ni
siquiera los hombres más prominentes se libran de ello.” Y citaba por su parte la Biblia:
“En las muchas palabras no faltará pecado” (Pr, 10, 19).265


263 Innoz. I. ep. 29 s. August. ep. 181 s. Coll. Avell. 41. Sermo 131,10 (PL 38, 734). Mirbt/Aland,
Quellen (6.a ed.) Nr. 372, pág. 171 s. Adam, Causa finita 1 s. Cas- par, Papsttum I 332 s. Haller,
Papsttum I 94 s. Ulbrich 73 s. Marschall 55 s, 145 s. Wojtowytsch 230 s. Chapman 146 s.
Wermelinger 116 s, 124 s, 153 s. Denzier, Das Papsttum. Primera parte 19.

264 Prete, Pelagio 20 s. Lorenz, Das vierte 65.

265 Zos. ep. 3 «Postquam a nobis» I (PL 45,1721); ep. 2 “Magnum pondus” 4 s (PL 45,1720). ep. 12
«Quamvis patrum». August. De grat. chr. et de pecc. orig. 2,19 s. Mirbt/Aland, Quellen Nr. 410 s,
pág. 188 s. Grisar, Geschichte Roms 288. Hofmann, Der Kirchenbegriff 442 s. Caspar, Papsttum I
350 s. Bury, History I, 361. Brown, Augustinus 314 s. Marschall 150 s. Wermelinger 68 s, 134 s, 141

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En suma, el papa exigía a los africanos una total rehabilitación de ambos. Pero los
acusadores, dolorosamente perplejos, enojados, se revolvieron y comenzaron a intrigar y
sobornar. A ciertos señores el dinero les llega como caído del cielo, a costa de los pobres.
En el curso de la disputa divina, 80 sementales numidios cambiaron de establo, llevados
personalmente a la corte de Rávena por san Alipio (festividad: 15 de agosto), obispo de
Tagaste y amigo y discípulo de san Agustín; con él ya habían colaborado los africanos en
la lucha contra los donatistas. Y el mayordomo mayor Comes Valerius, un enemigo
jurado de los «herejes», lector de Agustín, pariente de un gran terrateniente de Hipona y
más católico que el papa, se mostró complaciente con el dadivoso obispo. Igual que
había sucedido poco antes con la represión de los donatistas, se les negó ahora a los
pelagianos la discusión libre y se expulsó a sus obispos.266

El papa Zósimo quedó fuera de juego en una hábil estratagema del emperador
Honorio, y en un escrito dirigido el 30 de abril de 418 a Paladio, prefecto pretoriano de
Italia, dispuso la expulsión de Pelagio y Celestio de Roma―el decreto más duro de
finales del Imperio romano ― y censuró su “herejía” como crimen público y sacrilegio,
poniendo especial acento en la expulsión de Roma (!), donde se produjeron disturbios y
violentas disputas entre el clero, se persiguió a todos los pelagianos, se confiscaron sus
bienes y se les desterró. Ravenna locuta. Y el papa Zósimo, agobiado, cambió de opinión,
obedeció al emperador y anatematizó ― una capitulación en toda regla ― a comienzos
del verano, mediante una encíclica universal dirigida a todos los obispos, aunque sólo
transmitida en fragmentos, la llamada Epistula Tractoria, al británico al que hasta ese
momento respetaba y protegía, así como a sus seguidores. Poco antes de su muerte
excomulgó también a Juliano de Aeclanum y otros dieciocho obispos, que se habían
negado a firmar su Tractoria. Así, “las manos de todos los obispos se armaron con la
espada de Pedro para decapitar a los impíos”, como exclamaba con júbilo, en Marsella,
el monje Próspero Tiro, un furibundo e incansable simpatizante del agustiniano
portador de la gracia, que en ocasiones desfiguraba, “hasta hacerlo irreconocible, un
ideario originalmente pelágico” (Wermelinger). Y con su señor, también el presbítero
Sixto, que más tarde sería papa y era igualmente protector del “hereje”, cambió
presuroso de frente y colaboró ― a espaldas de Zósimo (siempre sospechoso) ― con
Agustín, que realizaba una búsqueda inquisitorial de los pelagianos. En el otoño de 418,
Constancio promulgó un edicto antipelagiano aún más duro. Un nuevo escrito de
respuesta del emperador, del 9 de junio de 419, amenaza a todos los obispos
recalcitrantes con la pérdida de sus cargos. En 425, otro decreto del emperador
Valentiniano III ordena la expulsión de los pelagianos de la Galia. Poco después, el papa
Celestino I libera “a las islas británicas de la enfermedad del pelagianismo” (Próspero).
El propio Pelagio, repetidas veces anatematizado, y perseguido por vía de requisitoria
por el Estado, desaparece sin dejar rastro, mientras que Celestio emerge ora aquí, ora
allá, y continúa actuando. Quizás se ocultó en un monasterio egipcio, quizás en su patria
británica, ¡aunque él representaba la tradición y el “doctor gratiae” la nueva fe!, pues a
favor de Pelagio hablan prácticamente todas las publicaciones de la Iglesia desde los
comienzos hasta su tiempo, mientras que a favor de Agustín tan sólo los textos de

s. Chadwick, Die Kirche 270. Handbuch der Kirchengeschichte II/l, 177. Wojtowytsch 252 s.
266 Julián, Lib. ad Florum, en August. op. imperf. 1,42; 3,35. LThK 1.a ed. I 329 s. Chadwick, Die
Kirche 362. Notas en la página 270. Brown 317 s, 335. Wermelinger 197 s.


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al manso con mansedumbre y domar al soberbio con la vara. Por eso conserva la
sumisión que se debe a la cabeza.” De todas las maneras, Bonifacio quería ver
“eliminados” (resecarí) algunos casos. De tal suerte logró imponerse el romano en Iliria
que, precisamente en los ataques contra la oposición ilírica, consiguió llevar la
pretensión de Roma de dominar en toda la Iglesia “hasta unos niveles no alcanzados
hasta ese momento” (Wojtowytsch).545


Así, de la miseria y la división en política interna cada vez mayor de Occidente, el

papado ― según le hiciera falta luchando con el Estado o contra él ― se transformó en
una potencia política, en uno de los mas poderosos y longevos parásitos de la historia,
“La Santa Sede ― se dice con una errata significativa en el Archivum Historiae Pontificiale
de la Universidad Pontificia, 1978 ― fue reconocida de manera más o menos franca
como custodio de la ortodoxia.”546


Pero con mayor furia aún que en Roma por la “Santa Sede”, en Oriente se luchó por

las grandes sedes episcopales.















Los títulos completos de las fuentes primarias de la antigüedad, revistas científicas y obras de

consulta más importantes, así como los de las fuentes secundarias, se encuentran en la
Bibliografía publicada en el primer volumen de la obra, Historia criminal del cristianismo: Los
orígenes, desde el paleocristianismo hasta el final de la era constantiniana (Ediciones Martínez
Roca, colección Enigmas del Cristianismo, Barcelona 1990, pp. 315-362), y a ella debe remitirse el
lector que desee una información más detallada. Los autores de los que sólo se ha consultado una
obra figuran citados únicamente por su nombre en la nota; en los demás casos, se concreta la obra
por medio de su sigla.







545 JK 363 s. Coll. Thess. 33,17 s, 35,25 s. JK 360. Wojtowytsch 270 s.

546 Kempf28.


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