Download Jim Hougan - El Ultimo Merovingio.pdf PDF

TitleJim Hougan - El Ultimo Merovingio.pdf
File Size2.0 MB
Total Pages344
Document Text Contents
Page 2

Jim Hougan
EL ULTIMO
MEROVINGIO
Traducción de Sofía Coca y Roger Vázquez de Parga




































1

Page 172

tarjetas de crédito, un carnet de conducir y un pasaporte. Dunphy abrió
el pasaporte, examinó la fotografía y le echó un vistazo al nombre.
—Muy bonito —comentó; a continuación reaccionó—: ¿Harrison Pitt?
Max esbozó una sonrisa radiante.
—Un buen nombre, ¿verdad?
—¿Buen nombre? ¿Pero qué mierda de nombre...?
—¡Es un nombre norteamericano! ¡Auténtico!
—¿Estás de broma o qué? No conozco a nadie que se llame Harrison.
—No, claro que no. En Irlanda no es un nombre corriente, pero en
Canadá... y en Estados Unidos... hay muchísima gente que se llama así.
—Dime uno.
—Harrison Ford —respondió el ruso al instante.
Transcurrieron unos segundos antes de que a Dunphy le asaltase una
sospecha.
—¿Y Pitt?
—Hombre, acuérdate de Brad Pitt —repuso Max—. Y ésos son estrellas
de cine. Pero hay muchas personas corrientes que se lla man así.
Dunphy suspiró.
—Bueno. ¿Qué hay de lo demás?
Max sacó del bolsillo de su americana un sobre normal y co rriente y se
lo entregó a Dunphy, que lo abrió.
Un pase Andrómeda plastificado le cayó a Dunphy sobre las piernas. En
la esquina superior izquierda se veía el holograma, una imagen irisada de
la Virgen de Einsiedeln; en la parte infe rior, a la derecha, se encontraba
la huella del pulgar. La fotografía de Dunphy quedaba en medio del pase
situada bajo las siguientes palabras:
MK-IMAGE Programa de acceso especial
E. Brading *ANDRÓMEDA*
—¡Buen trabajo! Es buenísimo.
El ruso se mostró ofendido.
—No, buenísimo, no. ¡Es perfecto!
—¡Es lo que te estoy diciendo! ¿Y la huella? ¿Qué has hecho al respecto?
Max abrió la cremallera del bolsillo exterior de la bolsa y sacó un
ejemplar encuadernado en pasta dura de Ada o el ardor, de Nabokov.
—Voilá —dijo, y le entregó el libro a Dunphy.
—¿Y qué hago con esto?
—Aguántalo un momento —le pidió el ruso.
Luego cogió de nuevo la bolsa de viaje, abrió la cremallera principal y
sacó un pequeño estuche de piel del compartimento central de la misma.
Dentro del estuche había un revoltijo de ar tículos de aseo: dentífrico,
cepillo de dientes, maquinillas de afei tar desechables, frascos de

171

Page 173

pildoras... y un tubo de algo llamado «biocola».
—¿Qué es eso? —quiso saber Dunphy mientras el ruso saca ba el tubo
del estuche.
—Pegamento.
—Ya veo lo que dice en el tubo, pero...
—Se trata de polímero proteínico para uso médico. Resulta más fuerte
que los puntos de sutura, y no duele. Así que es un buen adelanto.
—¿Y qué vas a hacer con eso?
—Dame el libro, por favor.
Dunphy le entregó el libro y el ruso lo abrió. En su interior había un
sobre de celofán. Max aplastó ligeramente el sobre por los lados, sopló
dentro del mismo y, sacudiéndolo en el aire, hizo caer lo que parecía un
pedacito de piel transparente.
—La huella —le indicó.
Dunphy se quedó mirando aquel objeto que descansaba en la palma de la
mano de Max como si se tratara de un chiste surrea lista.
—¿De qué está hecha? —quiso saber.
—De hidrogelatina. Como las lentes de contacto... las blandas. Es
biomimético.
—¿Y eso qué significa?
—Pues que es plástico compatible con el tejido humano. Ultrafino. Y
ahora haz el favor de lavarte las manos y secártelas bien.
Dunphy se levantó y fue a hacer lo que Max le había pedido, tras lo cual
volvió a tomar asiento en el mismo sillón junto a la ventana.
El ruso le cogió la mano derecha y le aplicó una pequeña can tidad de
pegamento en el pulgar utilizando un bastoncillo para los oídos. Luego
extendió la huella sobre el pegamento y la alisó.
—Cuatro minutos —dijo.
Dunphy contempló la aplicación, que al parecer no tenía jun turas.
—¿Y cómo me lo quito? —le preguntó.
El ruso frunció el ceño. Finalmente le dijo:
—A lo mejor se va con papel de lija.
—¿Con papel de lija?
—Sí.
—Bueno, vale... Y ahora dime cómo la has hecho.
—Se trata de grabado fotográfico —sonrió Max—. Ya verás cuando se
seque el pegamento; el dedo estará completamente liso.
—¿Y ya está? ¿No hay que darle relieve ni nada?
—¿Relieve? ¿Para qué? ¡Se trata de un pase para entrar en un edificio!
Lo comprueban con un escáner. —Dunphy lo mira ba con escepticismo—.
¡No te preocupes! —le aseguró Max—. Tranquilo.

172

Page 343

levantó la barbilla y le presionó la frente con la mano. Luego le tapó los
orificios nasales con los dedos, puso la boca sobre la suya y sopló dos veces
lentamente. Notó que el pecho de Clementine se hinchaba y luego se
deshinchaba de nuevo, pero la muchacha no reaccionó. Dunphy tuvo la
impresión de que su corazón había dejado de latir.
Volvió a intentarlo una y otra vez, alternando la respiración boca a boca con
la reanimación cardiopulmonar; le oprimía el pecho con las palmas de las
manos y apretaba rítmicamente, tratando con desesperación de que su
corazón volviese a latir. No obstante, después de veinte minutos, Dunphy,
exhausto, se apartó de la muchacha.
Clementine se había ido, y con ella el punto de apoyo del mun do de Dunphy.
—Déjeme probar a mí —le pidió Gomelez.
El anciano se arrodilló e inclinó el rostro hasta juntarlo con el de la
muchacha, exhaló y luego inhaló... y repitió la operación una y otra vez
mientras su pelo cubría por completo las mejillas de la joven.
Dunphy, presa de la desesperación, se había sentado en el te cho del
camarote, que había quedado hecho astillas; de repente oyó toser a
Clementine, que al poco tosió otra vez. Y a continua ción oyó la voz de la
muchacha que, asombrada, preguntaba:
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?
A la mañana siguiente, Gomelez había fallecido. El frágil cuer po del anciano
yacía en la litera con los ojos cerrados, como si estuviese dormido. Pero ya
no le quedaba aliento. Mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas,
Clementine cubrió con la sá bana el rostro del viejo merovingio.
Sabían que ese momento llegaría tarde o temprano, y estaban preparados
para afrontarlo.
Permanecieron varias horas en mar abierto, a cien metros de la costa,
mostrando la posición del Stencil durante el tiempo en que se suponía que la
vigilancia del satélite era más intensa. Des pués penetraron en una cueva
cercana, y mientras Clementine desembarcaba para recoger ramas de pino
de la orilla, Dunphy depositó a Gomelez en cubierta, dispuesto a cumplir la
promesa que le había hecho.
Con un martillo y un destornillador, los únicos instrumentos que tenía a
mano, practicó una tosca trepanación en el cráneo del anciano, liberándole
así el alma en un rito merovingio tan an cestral como el propio linaje.
—Al fin libre —murmuró Dunphy en voz baja.
Cuando Clem regresó, rodearon el cuerpo del anciano con ra mas de pino y lo
rociaron con gasolina. Después fabricaron una mecha lenta utilizando para
ello cera de vela y cuerda, y le pren dieron fuego.
—Ya nos habrán visto —comentó Dunphy—. Toda la costa se encuentra
vigilada, así que deben de estar en camino. Cuando encuentren el barco

342

Page 344

comprenderán lo que ha pasado y sabrán que todo ha terminado.
Dunphy izó el foque de la embarcación y la sujetó con un cabo. Luego dispuso
el piloto automático con rumbo a Jerusalén, y Clem y él se metieron en el
agua. Nadaron juntos hacia la ori lla mientras el humo empezaba a elevarse
de la pira funeraria flotante que habían dejado atrás. Al cabo de un par de
minutos, ambos se encontraban de pie en la playa contemplando el barco
mientras el fuego prendía en la jarcia y la vela mayor comenza ba a arder
envuelta en llamas. Aun así, la embarcación seguía na vegando mar adentro.
De repente una sombra cruzó la playa. Al mirar hacia arriba, Dunphy y Clem
vieron un helicóptero negro sin distintivos que se dirigía a toda velocidad
hacia el velero en llamas.
—Se acabó —comentó Dunphy.
Y cogiendo a la muchacha de la mano, echó a andar por la playa hacia una
aldea de pescadores.
Clementine negó con la cabeza.
—Yo no creo que haya acabado. —Dunphy la miró—. Me parece que no ha
hecho más que empezar.

Dunphy no entendió lo que Clementine había querido decirle, pero durante
un momento, cuando sus miradas se encontra ron, habría jurado ver algo en
los ojos de la muchacha que antes no estaba allí. Debía de ser un reflejo del
barco en llamas, o quizá un pequeño coágulo de sangre causado por el golpe
que había recibido la noche anterior. Sin embargo, fuera lo que fuese
aquella mancha tenía forma, y en cuanto Dunphy la examinó con más
detenimiento se percató de que se trataba de otra cosa. Algo que antes no
estaba allí. Algo que tenía que ver con Gomelez.















343

Similer Documents