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Table of Contents
                            Césares
	PRÓLOGO
	INTRODUCCIÓN
		La república agonizante
	I. CÉSAR. CAYO JULIO CÉSAR
		El joven popular
		A la sombra de Pompeyo y Craso
		Cónsul
		La conquista de la Galia
		La Guerra Civil
		César dictador
		La conjura
		La significación de César
	II. AUGUSTO. IMPERATOR CÉSAR AUGUSTO
		El joven César
		El triunviro
		prínceps
		La transmisión del poder
		La nueva administración Imperial
		Augusto y el Imperio
		Augusto y la religión
		Augusto y su obra
	III. TIBERIO. TIBERIO CLAUDIO NERÓN
		El camino hacia el principado
		La asunción del principado
		Tiberio y el senado
		Germánico
		Sejano
		Tiberio y el Imperio
		Los últimos años de Tiberio
	IV. CALÍGULA. CAYO JULIO CÉSAR
		Una juventud azarosa
		A la sombra de Tiberio
		El joven prínceps
		La enfermedad de Cayo
		Las primeras ejecuciones
		Los nuevos consejeros
		La conjura senatorial del año 39
		Las campañas de Germania y Britania
		Persecución de la aristocracia y divinización
		Cayo y los judíos
		La última conjura
		El Emperador y su obra de Gobierno
	V. CLAUDIO. TIBERIO CLAUDIO CÉSAR
		Introducción
		El príncipe despreciado
		De príncipe a Emperador
		Las difíciles relaciones con el Senado: la obra de centralización
		Mesalina
		Agripina
		Claudio y el Imperio
		Legislación, justicia y política religiosa
		La muerte de Claudio
	VI. NERÓN. NERÓN CLAUDIO CÉSAR
		El hijo de Domicio y Agripina
		La educación de un príncipe
		El «Quinquenio Dorado»
		El programa «cultural» de Nerón: el «Neronismo»
		El incendio de Roma
		La conjura de Pisón
		La represión senatorial
		La reforma monetaria
		El viaje a Grecia
		La política provincial
		La caída de Nerón
	EPÍLOGO
		El final de una dinastía: la crisis de poder
		El año de los cuatro emperadores
	CRONOLOGÍA
	FUENTES DOCUMENTALES
	BIBLIOGRAFÍA
	Autor
	Notas
                        
Document Text Contents
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Las campañas de Germania y Britania

N o es fácil reconstruir los acontecimientos de los últimos meses del año 39 d.C. Y todavía menos por
las incongruencias, omisiones y disparatadas anécdotas con las que nuestras principales fuentes de
documentación, Suetonio y Dión Casio, enmarañan los hechos, con dos temas principales entrecruzados:
la expedición militar a Germanía del emperador, con la abortada conquista de Britania, y el
descubrimiento de un nuevo complot contra su vida.

Desde la muerte de Augusto, las tropas que defendían las fronteras septentrionales, y en especial las
estacionadas en las dos Germanias, habían ofrecido motivos de preocupación por la inseguridad de su
comportamiento. Tiberio, gracias a su sobrino Germánico, había logrado, mal que bien, reducirlas a la
disciplina, pero su excesiva prudencia había abortado el objetivo de endurecerlas y disciplinarlas con
una campaña militar que resucitara los viejos planes de conquista de Germania, abandonados
tras el desastre de Varo en el bosque de Teotoburgo. En un punto estratégico tan importante, desde el
regreso de Germánico, se habían ido sucediendo comandantes que ofrecían suficientes motivos de
reflexión al poder imperial para intentar una enérgica intervención. En Germanía Inferior, Lucio Apronio
había fracasado en sofocar una revuelta de las tribus frisias en la frontera de su jurisdicción, con la
pérdida de un buen número de soldados; en Germanía Superior, su yerno, Cneo Cornelio Léntulo
Getúlico, había logrado sobrevivir a la purga desencadenada tras el descubrimiento del complot de
Sejano, mostrando más o menos abiertamente que una acción contra su persona podría afectar a la propia
seguridad del trono imperial. Getúlico, de hecho, gozaba de gran popularidad entre sus tropas por haber
permitido un relajamiento en la disciplina, que se había extendido a las legiones del Bajo Rin, cuyo
mando tenía su suegro. Naturalmente, los efectos de este comportamiento no habían dejado de sentirse al
otro lado de la frontera, que corría el peligro de desestabilizarse, debido a las intermitentes incursiones
de tribus germánicas.

No debe extrañar, por tanto, que Cayo concibiera el plan, tan justificado en sus planteamientos como
descabellado en su ejecución, de intervenir militarmente donde sus más admirados ancestros —César
Augusto y Germánico— habían fracasado, y consolidar, con la conquista de Germanía y, quizás también,
de Britania, su propia posición como emperador. Para este fin se había ido concentrando en la frontera
germana a lo largo de los meses anteriores un formidable ejército de doscientos cincuenta mil hombres
—casi las dos terceras partes de todas las tropas del imperio—, y almacenado ingentes cantidades de
víveres y provisiones. Frente a esta preparación tan prolongada y cuidadosa, la precipitada partida de
Cayo para ponerse al frente del ejército puede resultar sorprendente —y así lo anotan nuestras fuentes,
como uno más de los rasgos absurdos y grotescos de un emperador desequilibrado— si no se tienen en
cuenta las poderosas razones que le impulsaron a obrar con esta celeridad, y que no eran otras que el
descubrimiento de un gigantesco complot para acabar con su vida.

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Los protagonistas de esta conjura se encontraban en el más íntimo entorno familiar de Calígula: sus
hermanas Agripina y Livila y su cuñado Lépido, el marido de la malograda Drusila. Las razones eran
evidentes. El matrimonio de Cayo con Cesonia y la hija recientemente nacida de ambos alejaban de las
hermanas del emperador la perspectiva de sucesión al trono, que, sobre todo,Agripina pretendía para su
propio hijo, Nerón. No pensaba de forma diferente Lépido, en su día señalado como sucesor por
Calígula, cuando en el curso de su enfermedad había hecho a Drusila heredera de sus bienes y del
imperio. Su imprevista desaparición había debilitado esta designación y también le habían alejado de su
posibilidad de medrar en el entorno imperial, incómoda situación que el inmoral personaje había tratado
de contrarrestar convirtiéndose en amante de Agripina y, posiblemente también, de Livila.

Para llevar adelante sus planes, los conspiradores necesitaban sólidos apoyos, que no tuvieron
dificultad en encontrar tanto en el ejército como en el Senado. Getúlico, que, sin duda, conocía las
intenciones del emperador de personarse en el Rin para la dirección de la inminente campaña, y que
temía sobre su propio destino, se sumó de inmediato, pero también lo hicieron determinados círculos
senatoriales, para quienes Cayo representaba una amenaza o un estorbo y, entre ellos, los propios
cónsules que en julio de 39 habían jurado su cargo.

Calígula reaccionó con rapidez.A comienzos de septiembre destituyó a ambos cónsules, en la
expeditiva forma, insólita hasta el momento, de mandar romper sus fasces, los haces de varas, símbolo de
su autoridad, y los sustituyó por dos hombres fieles. Así, asegurada Roma en una acción relámpago, se
dirigió a Germania, incluyendo en su comitiva a Lépido, Agripina y Livila. Los escritores antiguos se
recrean en los intrascendentes detalles de este viaje —el transitorio detenimiento del emperador en la
aldea umbra de Mevania o la orden dada a los habitantes de los lugares por donde pasaba la comitiva
para barrer la calzada y así evitar que el polvo levantado molestase al príncipe—, pero descuidan, en
cambio, la reconstrucción de los hechos principales y las razones de los protagonistas.

Puede ser que en Mevania, fuertemente protegida por la guardia pretoriana, diera la orden de
ejecución tanto de Lépido, que se encontraba a su lado, como de Getúlico, sorprendido antes de poder
reaccio nar y ejecutado sumariamente en Maguncia. Agripina y Livila fueron condenadas como
cómplices, aunque salvaron la vida: ambas fueron desterradas a la isla de Ponza, y Agripina, además, se
vio obligada a llevar hasta Roma, en cruel castigo, las cenizas de su amante. El emperador mandó que se
publicasen documentos de los condenados que dejaban patentes sus planes de conjura, distribuyó dinero
entre las tropas y envió a Roma tres espadas para que, expuestas como exvotos en el templo de Marte
Vengador, mostraran simbólicamente las armas destinadas a acabar con su vida. Antes de finales de
octubre, la conjura había sido así expeditivamente abortada y Cayo pudo continuar con sus planes
estratégicos.

Para ello había que intentar estabilizar primero las fuerzas militares. Apronio, el suegro de Getúlico,
fue sustituido al frente de las tropas del Bajo Rin; se licenció a buen número de centuriones y fueron
degradados algunos de los comandantes que habían llegado con retraso desde otras provincias a la cita

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[47] Ya conocemos al personaje como temprano compañero de francachelas y confidente de Nerón.
Nacido en Ferentium en el año 32, de una ilustre gens de origen etrusco, su padre, Lucio, había sido
cónsul en 33 y un eficiente administrador bajo Tiberio, Calígula y Claudio. Como sabemos, Otón sedujo
a la esposa de un caballero romano, Rufrio Crispino, con el que tenía un hijo, y se casó con ella, aunque
hubo de cederla a regañadientes a Nerón, que se desembarazó de Otón enviándolo como gobernador de
Lusitana. Las fuentes lo retratan como de pequeña estatura, patizambo y de costumbres afeminadas.
Prematuramente calvo, usaba peluca y se depilaba concienzudamente. <<

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[48] Hijo de LucioVitelio, una de las más influyentes figuras de la corte de Claudio (vid. nota, pág. 288).
De talla desmesurada, rostro enrojecido por la embriaguez, vientre prominente y renqueante de una
pierna, las fuentes coinciden en presentarlo con rasgos eminentemente negativos: abúlico e incapaz,
glotón, alcohólico, homosexual, sádico… Nacido en el año 15, pasó su niñez junto a Tiberio en Capri,
donde, según Suetonio, habría satisfecho los instintos pederastas del emperador. Luego, su habilidad con
los carros le habría proporcionado la amistad de Calígula, y las partidas de dados, la de Claudio. Galba
lo nombró comandante en jefe del ejército de Germania, al decir del biógrafo, considerando que no tenía
nada que temer de un hombre que sólo pensaba en comer. Casó en primeras nupcias con Petronia, de
quien tuvo un hijo tuerto, cuyo asesinato se le achaca. Su segunda esposa, Galeria Fundana, le
proporcionó un hijo, también impedido, en este caso, del habla. <<

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