Download Las Fieras Cebadas de Kumaon Jim Corbett PDF

TitleLas Fieras Cebadas de Kumaon Jim Corbett
File Size28.3 MB
Total Pages225
Table of Contents
                            001
002
003
004
006
007
008
009
010
011
012
013
014
015
016
017
018
019
020
021
022
023
024
025
026
027
028
029
030
031
032
033
034
035
036
037
038
039
040
041
042
043
044
045
046
047
048
049
050
051
052
053
054
055
056
057
058
059
060
061
062
063
064
065
066
067
068
069
070
071
072
073
074
075
076
077
078
079
080
081
082
083
084
085
086
087
088
089
090
091
092
093
094
095
096
097
098
099
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
                        
Document Text Contents
Page 112

Le ordené que volviera a su puesto de observación, con

instrucciones de observar muy atentamente e informarme si

notaba algún movimiento en los matorrales, en tanto yo me

dirigía a echar una ojeada al lugar donde el tigre diera

rienda suelta a su rabia. Su furia había dejado señas, porque

además de desgarrar ramas y descortezar algunos árboles,

había arrancado varios arbustos de raíz y derribado a mor-

discos otros. La sangre se hallaba en profusión salpicada

por todas partes, y en el suelo encontré dos charcos coagu-

lados junto a uno de los cuales había un pedazo de hueso

de casi trece centímetros cuadrados. Al examinarlo com-

probé que era un hueso del cráneo del felino.

No había ningún rastro de sangre que partiera desde aquí

y esto, junto con los dos charcos de sangre, probaba que el

tigre no se había movido al irme yo y que las precauciones

que tomara la tarde anterior habían sido necesarias, porque

cuando emprendí la retirada estaba a sólo diez metros del

animal más peligroso del mundo, un tigre recién herido.

Dando una vuelta circular por el lugar encontré aquí y allá

pequeñas salpicaduras de sangre sobre las hojas que le habían

rozado la cabeza. Nada más que esto indicaba el paso del

tigre en línea recta hasta un gigantesco semul2, a ciento

ochenta metros de distancia.

Me volví y trepé al árbol donde estaba mi ayudante,

para tratar de obtener, a vuelo de pájaro, una vista del

lugar circundante, pues tenía el inquietante presentimiento

de que lo encontraría vivo. Un tigre herido en la cabeza

puede vivir durante días y aun recobrarse de su herida. En

verdad, éste había perdido un pedazo de cráneo, pero como

hasta entonces nunca me había topado con un animal en

estas condiciones, no sabía si iba a vivir algunas horas,

algunos días, o si iría a morir de viejo. Por esta razón, de-

cidí proceder con él como con cualquier otro tigre herido

común, no arriesgándome demasiado en su persecución.

Desde la altura a que me hallaba, sobre el árbol, vi que

un poco hacia la izquierda del semul había otros dos árboles,

2 Bombas inalabaricum: ceiba.

Page 113

el más cercano a unos treinta metros de los charcos de
sangre y el otro cuarenta y cinco más lejos. Dejando al

hombre en el árbol bajé, tomé mi rifle, un fusil de corto

alcance y un paquete de cien cartuchos; me aproximé caute-

losamente al árbol más cercano y trepé por él hasta una

altura de nueve metros y luego recogí mis armas mediante

una cuerda a cuyo extremo las habla atado. Coloqué mi

rifle en una especie de horquilla del árbol, donde lo tenía

a mano en caso necesario, y comencé a bombardear los ar-

bustos con perdigones, metro por metro, desde la copa hasta

las raíces del segundo árbol. Hice esto con el objeto de

localizar al tigre, presumiendo siempre que estuviera dentro

de esa zona, porque un tigre herido, al oír un tiro cerca de

él o ser rozado por una bala, rugirá o se lanzará al ataque.

No obteniendo indicios de la presencia del animal, me fuí
hasta el segundo árbol y volví a hacer lo mismo con arbustos
situados a pocos metros del semul, disparando el último pro-
yectil contra éste. Después de disparar este último tiro me
pareció oír un gruñido, pero cono no se repitió, lo atribuí

a mi imaginación.: lis municiones se habían agotado; recogí

entonces a mi ayudante y nos volvimos para casa.

Cuando regresé a la mañana siguiente encontré a mi
amigo, el dueño de los búfalos, pastoreando a sus animales

en el llano. Pareció muy aliviado al verme, y me explicó

luego sus razones. El pasto estaba todavía húmedo por el

rocío, pero encontramos un lggar seco donde sentarnos a
1,..

fumar y contarnos nuestras respectivas experiencias. • .::

amigo, como ya lo referí, se había dedicado bastante a la

caza furtiva, y habiendo pasado casi toda su vida en selvas
infestadas de tigres, cuidando sus búfalos o cazando, sus
conocimientos de la selva eran considerables.

Después que lo dejara aquel día frente al arroyo, lo cru-

zó y se sentó a escuchar los ruidos provenientes de la direc-

ción en que yo me había alejado. Oyó el llamado de los tigres;

oyó el disparo seguido por el rugido continuo de uno y muy

lógicamente llegó a la conclusión de que yo había herido

a uno de los tigres y de que éste me había matado. Al volver

a la mañana siguiente al mismo sitio se sintió muy intrigado

al oír un centenar de disparos, y en la tercera, incapaz de

Page 224

Estas páginas son fiel narración de las experiencias del mayor Corbett

con los tigres cebados de las selvas de las Provincias Unidas. Y es para

mí un placer hacer el elogio de ellas a los lectores que gusten de los

relatos de acción y aventuras.

El cazador encontrará amplio material de entretenimiento e infor-

mación en este libro del mayor Corbett. Si todo principiante lo estu-

diara antes de iniciar la persecución de su primer tigre, pocas personas

morirían o resultarían seriamente lesionadas al efectuar la caza. Pues

algo más que coraje y buena puntería se requiere en este peligroso juego.

Prevención, preparación y constancia son factores indispensables para

el éxito.

En extensas zonas de las Provincias Unidas, el nombre del autor es

familiar entre los campesinos, quienes ven en él al hombre que los li-

bertó del temor inspirado por un enemigo tan cruel como astuto.

Muchos empleados de distrito, enfrentados con la desorganización y el

terror que produce en la vida rural la aparición de un tigre o una

pantera cebados, recurrieron a Jim Corbett en pedido de auxilio - nunca,

así lo creo, en vano --. En verdad, la destrucción de estas fieras anor-

males y peligrosas es un servicio de gran valor por partida doble, tanto

.para la población afectada como para el gobierno.

El lector encontrará en estos relatos muchas pruebas del amor del

'nr a la naturaleza. Habiendo pasado en compañía del mayor Corbett

e de la especie de vacaciones, como he dado en llamarlas, que tuve

.a India, puedo decir confidencialmente de él que en ningún compa-

.o de caza, tanto en la India como en otras partes del mundo, he ha.

ado mejor conocedor de las características de la selva. Y muy a

nenudo me ha hablado del intenso placer que le producen sus diver-

sas observaciones de la vida salvaje. No dudo de que, en gran parte, el

recuerdo de todo lo que han visto sus propios ojos lo impulsó a dedicar

este libro para la ayuda a los soldados que quedaron ciegos en la guerra,

y disponer que el producto de su venta sea destinado al fondo de

St. Dunstan,.la famosa institución donde los hombres que han perdido

la vista por su patria N. por la gran causa de la libertad humana, pueden

aprender, a pesar de su desgracia, a ser útiles y vivir felices, y cuyo be-

néfico ministerio se extiende ahora a todas las fuerzas armadas de la India.

LORD LINLITHGOU

Casa del Virreinato

Yueta Delhi

Similer Documents