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TitleMeditaciones sobre la pasion y vida gloriosa de Cristo, P. LUIS DE LA PUENTE
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pueblo ingrato por el delito atroz que cometía contra Cristo, pues no eran
dignos de ver la luz del sol los que quitaban la vida al Sol de justicia. Y
también con estas tinieblas exteriores significaba las interiores de aquella
miserable gente, y las eternas en que habían de caer por su obstinación.

2. Lo segundo, para manifestar la inocencia y majestad de Cristo
nuestro Señor con este milagro, haciendo que el sol se oscurezca y cubra a
la tierra de luto por la muerte de su Hacedor, y del modo que puede,
muestre compasión de sus dolores e ignominias, y escondiendo su luz,
quite la ocasión a los perseguidores de mirarle con escarnio, y a los
blasfemos de añadir nuevas blasfemias, haciéndolos retirar con aquella
oscuridad.

¡Oh Sol de justicia, justo es que el sol material se oscurezca estando
T ú también oscurecido con tristeza y a punto de trasponerte al hemisferio
de la otra \ida! Pero más justo fuera que yo me entristeciera de tu muerte,
pues yo soy la causa de ella. No permitas, Señor, que yo sea tan ciego, que
no vea la razón que tengo de entristecerme, ni tan duro que no me
compadezca de tu tormento.

3. Lo tercero, ordenó Cristo nuestro Señor estas tinieblas para que,
cesando con esta repentina noche el bullicio de la gente, pudiese a sus
solas y con quietud gastar aquellas tres horas en apercibirse para la
muerte, y en orar con gran fervor y lágrimas por nosotros. A la manera
que cuando predicaba, gastaba los días en su oficio, conversando con los
hombres, y en viniendo la noche, se recogía a los montes a orar; haciendo
todo esto, no por su necesidad, sino por nuestra enseñanza y ejemplo: así,
estando en el monte Calvario, tendidas sus manos en la cruz, después que
hubo cumplido los oficios de piedad arriba dichos, quiso en aquellas tres
horas de tinieblas que sucedieron, ocuparse totalmente en orar, aplicando
su oración por todos los fieles que tenía presentes en su memoria, de los
cuales era yo uno por quien aplicaba su oración.

¡Oh dulce Jesús, enseñadme a orar con la quietud y espíritu que en
estas tres horas orasteis, y avivad mi tibieza para que me aproveche del
tiempo que tengo de la vida, aparejándome con gran fervor para la muerte!

4. También puedo ponderar cómo la Virgen santísima gastaría
este tiempo en orar con gran fervor, levantando su espíritu a una
contemplación muy alta, no de afectos gozosos, sino dolorosos, a
imitación de su Hijo. Y lo mismo es de creer haría San Juan y el buen
ladrón, inspirándoles este Señor a ello, y diciéndoles desde su cruz con

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palabras interiores: «Velad y orad conmigo, porque no caigáis en ten-
tación».

PUNTO SEGUNDO

De los desamparos de Cristo en la cruz.

Cerca de la hora nona, que era las tres de la tarde, clamó Jesús,
diciendo: Eli, Eli, lamma sabacthani; que quiere decir: Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me desamparaste?

Esta fue la cuarta palabra que Cristo nuestro Señor habló en la cruz
poco antes de expirar, y díjola con gran clamor para que se entendiese que
estaba vivo, y para declarar el afecto con que la decía, afligidísimo por el
interior desamparo que sentía. Este desamparo estuvo en dos cosas:

1. La primera, en que el Padre Eterno le dejaba padecer sin librarle de
aquellos terribles trabajos en que estaba; lo cual es un modo de
desamparo que usa Dios con los justos para su provecho, pero en Cristo
nuestro Señor fue terribilísimo, porque no hallaba descanso en cosa
alguna. La cabeza no podía descansar sobre la cruz sin nueva pena; las
manos no podían sustentar el cuerpo sin rasgarse con mayor dolor; los pies
no podían con la carga sin aumentar sus heridas; y viéndose por todas
partes afligido, levantó la voz al cielo con gran clamor, diciendo: «Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste?»

2. La segunda cosa en que estuvo este desamparo fue en que la
divinidad desamparó a la humanidad, cuanto a los consuelos sensibles,
dejándola padecer con las tristezas y agonías que tuvo en el huerto, las
cuales duraron hasta que murió; y porque ninguno pensase que su
paciencia era insensibilidad, y que el acudir a las cosas de los otros
procedía de no sentir sus penas, quiso con esta palabra declararlas,
diciendo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste?» Mas para que
entendiésemos que esta queja no nacía de desesperación, sino de amor por
la razón dicha, no dijo: Dios, Dios, ¿por qué me desamparaste? Sino Dios
mío, Dios mío; como quien dice: Dios eres de todos porque les das el ser
que tienen, pero mucho más eres Dios mío porque me comunicas tu divino
ser, y me amas con especial amor, y Yo te amo con el mismo; pues ¿por
qué me desamparas en esta tribulación?

¡Oh buen Jesús, no es necesario que venga otra vez ángel del cielo,
como en el huerto, para confortaros en vuestra aflicción, diciéndoos las

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PUNTO TERCERO

Lo tercero, se ha de considerar cuán liberal ha sido nuestro Señor en
honrar y premiar a los Santos en esta vida y en la otra, en varias maneras.

1. Lo primero, antes de la muerte premió a muchos de ellos con
raros consuelos espirituales, con gracia de contemplación, con raptos y
revelaciones muy regaladas, con espíritu de profecía, con don de hacer
milagros y otras gracias «gratis datas». De tal manera, que, huyendo ellos
con humildad de la honra, Dios, con su liberalidad, los honraba, obrando
por ellos obras tan maravillosas, que los hacían venerables a todos, y su
heroica virtud ponía tanta admiración, que se hacía respetar, cumpliendo el
Señor lo que dijo, que honraría a los que le honrasen.

2. También los premió en la misma muerte, concediendo a unos que
muriesen como mártires por la confesión gloriosa de su fe, y a otros con tal
modo, que aunque fuese penoso a la carne, fuese muy dulce al espíritu,
dándoles a gustar algo de lo que luego esperaban recibir en la gloria, y
enviando ángeles que asistiesen a su tránsito, viniendo a veces el mismo
Señor por ellos, cumpliendo lo que había dicho: «Yo vendré por vosotros,
y os llevaré conmigo, para que estéis donde Yo estoy».

3. Además de esto, después de la muerte los honra en su Iglesia
militante, queriendo que su santidad sea publicada y alabada por todos, y
que, a honra suya, se edifiquen muchos templos, pinten imágenes y se
celebren fiestas. Y que todos veneren sus huesos y cenizas, y los vestidos
remendados que trajeron, las cadenas con que estuvieron presos y las
firmas de sus cartas, haciendo grandes milagros por estas cosas para
honrarlos, y castigando los desacatos que se hacen contra ellos. Y los que
estuvieran olvidados en el mundo si no hubieran sido tan santos, como se
ve en San Francisco, ahora andan en boca de todos, y los príncipes y
monarcas se honran con sus nombres y se amparan con sus reliquias,
cumpliéndose lo que Dios prometió a su Iglesia cuando dijo: «Te haré tan
gloriosa, que la grandeza del mundo tenga por honra echarse a tus pies».

4. Lo cuarto, el día del Juicio los honrará con honra excelentísima,
poniéndolos a su mano derecha con grande majestad, a vista de todo el
mundo, cumpliendo la palabra que dio a quien le confesase delante de los
hombres, que le honraría delante de su Padre y de los ángeles.

3. Finalmente, en el cielo los premia y honra con tanta grandeza, que
sólo Dios y ellos la pueden declarar. Estarán sentados junto a su trono en
otros tronos muy resplandecientes, con vestiduras blancas de admirables

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