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                            Para que de tal modo transmitamos la fe a nuestros hijos que ellos se preocupen de vivirla, defenderla y transmitirla a los demás: ¡Ayúdanos, Señor!
ORACIÓN A LA VIRGEN MARÍA
                        
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Día tercero


Reflexión: Santa Mónica, sembradora de comprensión y reconciliación.

“A esta tu buena sierva, en cuyo seno me creaste, Dios mío y misericordia
mía, le habías regalado también este hermoso don: siempre que le era posible,
se las ingeniaba para poner en juego sus dotes pacificadoras entre cualquier
tipo de personas que estuviesen en discordia o disidencia. Del cúmulo de
recriminaciones ácidas que suele respirar la desavenencia tensa, cuando
desahoga al exterior la crudeza de los odios con un lenguaje lleno de amargura
frente a la amiga, mi madre no refería de la otra lo que no sirviera para
reconciliarlas a ambas.

Por último, también conquistó para ti a su marido, que se hallaba en los
últimos días de su vida temporal. Bautizado ya, no tuvo que llorar en él las
ofensas que se vio obligada a tolerar en su persona antes del bautismo.
Además, era sierva de tus siervos. Todos cuantos la conocían hallaban en ella
motivos sobrados para alabarte, honrarte y amarte. Sentía tu presencia en su
corazón por el testimonio de los frutos de una conducta santa.

Había sido mujer de un solo hombre, había rendido a sus padres los
debidos respetos, había gobernado su casa piadosamente y contaba con el
testimonio de las buenas obras.

Había criado a sus hijos, dándoles a luz tantas veces cuantas les veía
apartarse de ti” (Confesiones 9, 9).

Para añadir a la oración de los fieles:

- Por la paz, serenidad y la mutua unión y comprensión en las familias entre
maridos y esposas, entre padres e hijos. Oremos.

R. Señor, que tu gracia nos santifique.

“Que las mujeres obedezcan a sus maridos,
y con eso seguramente ganarán a aquéllos

que se resisten a la predicación.
Al verlas castas y serias en su conducta,

esa misma conducta
hará las veces de predicación.

No se preocupen tanto por lucir
peinados rebuscados, collares de oro,

vestidos lujosos, todas cosas exteriores.

Sino que más bien,
irradien de lo íntimo del corazón

la belleza de un espíritu suave y tranquilo;
eso sí que es muy precioso ante Dios”

(1ª de Pedro 3, 1-3).

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Día cuarto


Reflexión: Amor y solicitud de santa Mónica por su hijo Agustín.

“Si las almas de los difuntos se interesaran de los asuntos de este mundo y
nos hablaran cuando los vemos en sueños, mi santa madre, por no hablar de
otros, no me abandonaría una sola noche, ella que me siguió por tierra y por
mar para vivir siempre conmigo” (San Agustín, Del cuidado de los difuntos, 16).

“Siendo niño, había oído hablar de la vida eterna que nos está prometida
mediante la humildad del Señor Dios nuestro, que descendió hasta nuestra
soberbia. Me señalaron con la señal de la cruz y saboreé la sal bendita apenas
salí del seno de mi madre, que tuvo una gran esperanza en ti.

De modo que en aquella época yo era ya creyente, lo era mi madre y lo
eran todos los de la casa, menos mi padre. Éste no neutralizó en mi corazón
los fueros del amor maternal hasta el punto de que yo dejase de creer en
Cristo, fe que mi padre no tenía aún. Ella era quien hacía las diligencias para
que tú, Dios mío, fueras mi padre e hicieras sus veces. Y en este punto
contribuías a que ella fuera superior a su marido a cuyo servicio estaba aun
siendo mejor que él. También en esto te servía a ti, que eres quien ha
estipulado esta condición de sometimiento” (Confesiones 1, 11).

“Pero tú, Señor, ya habías inaugurado tu templo y perfilado el esbozo de tu
morada en el pecho de mi madre. Mi padre era catecúmeno desde hacía poco.
Mi madre, por su parte, se estremeció de temor y de piadosa aprensión.
Aunque yo no estaba bautizado aún, temió que me internara por sendas
tortuosas, camino ordinario de los que te vuelven la espalda y no te dan la cara.

¡Ay de mí! ¿Y tengo el atrevimiento de decir que tú guardabas silencio, Dios
mío, cuando era yo el que me iba alejando más y más de ti? ¿Es cierto que te
hacías el callado conmigo? ¿Y de quién sino tuyas eran aquellas palabras que
me venían por conducto de mi madre, tu sierva fiel, y que tú cantaste a mis
oídos? Cierto que ninguna de ellas caló hondo en mi corazón como para
ponerlas en práctica.

Anhelaba ella, y recuerdo que así me lo recalcó con gran interés, que
evitara la fornicación, haciendo especial hincapié en la huida del adulterio con
mujeres casadas” (Confesiones 2, 3).

Para añadir a la oración de los fieles:

- Por todos los jóvenes, para que huyan de los peligros del mundo, sepan
aprovechar los primeros impulsos de la gracia y ésta germine y fructifique
en sus corazones. Oremos.

R. Señor, que tu gracia nos santifique.

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