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TitlePor Qué La Historia. Ética y Posmodernidad - Jenkins, Keith
TagsReality Relativism Metaphysics Ideologies Truth
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Table of Contents
                            Índice
Agradecimientos
Introducción: Vivir en el tiempo pero fuera de la historia; vivir en la moral pero fuera de la ética
	Sección 1a: Ubicando historias
	Sección 1b: Ubicando el fin de la ética y la moralidad (de la locura) de la decisión
	Sección 2a: Estructurando el texto: el detalle
	Sección 2b: Sobre el imaginario posmoderno
Primera Parte. Sobre el fin de las narrativas
	I. Acerca de Jacques Derrida
	II. Acerca de Jean Baudrillard
	III. Acerca de Jean-François Lyotard
		Consideraciones finales
Segunda Parte. Sobre el fin de la historia “propiamente dicha”
	IV. Sobre Richard Evans
		Sobre asimilacionismo e ideología
		El club de la historia
		Sobre Ranke y otras cosas
		Terminando con Evans
	V. Sobre Hayden White
		Los supuestos básicos de White
		White sobre la retórica y la tropología
		Dialogando con White
	VI. Sobre Frank Ankersmit
		De la afirmación al texto, del modernismo al posmodernismo
		Las “Seis tesis sobre la filosofía narrativista de la historia” de Ankersmit
		Ha llegado el otoño
Tercera Parte. Más allá de las historias de la ética
	VII. Sobre Elizabeth Deeds Ermarth
	VIII. Sobre David Harlan
Conclusión: Promesas
Notas
Lecturas ulteriores
Índice de nombres
                        
Document Text Contents
Page 107

necesario imponer esas formas (de la ficción número uno) a todas las historias. Los
acontecimientos no tienen simplemente en sí “las formas de historias”, de modo que las
historias que adoptan una forma narrativa (y puede argumentarse con éxito que en última
instancia todas las historias son de este tipo)26 pueden entonces ser vistas como lo que son, a
saber, “ficciones verbales, cuyo contenido es inventado [o imaginado] tanto como
descubierto”.27 Para White, todas las narraciones históricas presuponen caracterizaciones
figurativas de los acontecimientos que dicen representar y explicar. Y esto significa que las
narraciones históricas, concebidas puramente como artefactos verbales, pueden ser
caracterizadas “por el modo de discurso figurativo en que están plasmadas”.28 Por supuesto,
agrega White, a los historiadores no les gusta pensar que su trabajo es la “traducción de
hechos a ficciones”, pero el efecto es ése:

Yo sé que esta insistencia en el elemento ficticio en todas las narraciones históricas seguramente provocará la ira de los
historiadores que creen que están haciendo algo fundamentalmente diferente de lo que hace el novelista, en virtud de que
ellos se ocupan de acontecimientos “reales”, en contraste con los “imaginados” por el novelista. Pero ni la forma ni la
fuerza explicativa de la narrativa derivan de los diferentes contenidos que presumiblemente es capaz de contener. De
hecho, damos sentido a la historia —el mundo real [actual] tal como evoluciona en el tiempo— del mismo modo que el
poeta o el novelista tratan de darle sentido, es decir, dotando a lo que en una primera vista parece ser problemático y
misterioso del aspecto de una forma reconocible, porque es familiar. No importa si se considera que el mundo es real o sólo
imaginado: la manera de darle sentido es la misma.29

Ahora bien, estas referencias a Partner, White y Ankersmit comienzan por apartarnos de la
posición “tierraplanista” de Evans para luego llevarnos de regreso al espacio intelectual que
ocupan Derrida y compañía. A estas alturas podemos dejar a Evans y el tipo de historia que él
llama historia per se para volver a un mundo mucho más generoso y reflexivo, un mundo
discutido en un vocabulario y un registro muy diferentes de los de Evans, un mundo que éste
sabe que existe pero se niega o es incapaz de comprender. Porque, a fin de reiterar al final de
este examen de Evans algo que dije al principio, si él hubiera querido entender efectivamente
a los posmodernistas, éste es el mundo al que tendría que haber entrado en detalle. Si hubiera
querido realmente aniquilar a los que atacan su historia, debería haber expuesto, pieza por
pieza, las partes que componen las argumentaciones de, por ejemplo, Derrida, Baudrillard,
Lyotard, White, Ankersmit y compañía, y haberlas despedazado. Eso al menos habría sido un
espectáculo interesante: ver a Evans tratando de desmenuzar De la gramatología de Derrida,
Metahistoria de White o Narrative Logic de Ankersmit. Pero no lo hizo. En consecuencia, por
mucho que ruja y puje, deja a White y compañía intactos: nunca se metió con ellos. La defensa
“representativa” de Evans es tan débil como es porque lo que defiende, en el mejor de los
casos, son los aspectos empíricos/cognitivos/epistemológicos del trabajo de los historiadores
“propiamente dichos”, que los posmodernistas no están realmente interesados en atacar, y
dejar tan claro como siempre que son “semántica histórica”. Por tanto, paso ahora a los
propios White y Ankersmit, y lo hago con el veredicto de David Roberts sobre White

Page 213

Vernon, James: 175
Vico, Giambattista: 204

Walsh, W. H.: 233, 241
White, Hayden: 15, 25, 29, 30, 58, 149, 151, 156, 157, 159, 160, 164, 166, 176, 178, 184, 189, 190, 191, 192, 193-221, 227,

231, 232, 238, 241, 261, 263, 331, 336, 338
Whitman, Walt: 311
Wittgenstein, Ludwig: 51, 62, 107, 224

Zagorin, P.: 228

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