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TitleSmith, Kathryn - El Club Saint Row 03 - Guerra de Amor
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Índice

Portada
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Biografía
Créditos

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mis hermanos intentan protegerme, porque me da la sensación de que me tratan como a
un crío.
Volvió a ponerse en marcha y ella lo siguió.
—Para ellos siempre serás su hermano pequeño. Harían cualquier cosa por ti. La
verdad es que te envidio.
—Pero tú también tienes hermanas, ¿no? Me acuerdo de que hace años me
hablaste de ellas.
A Vienne se le hizo un nudo en la garganta. El mismo que aparecía siempre que
pensaba en su familia.
—No estamos muy unidas.
Trystan debió de darse cuenta de que no quería seguir hablando del asunto, porque
no le preguntó nada más. Llegaron ilesos al piso de arriba, donde se detuvieron a observar
la impresionante lámpara que colgaba del techo del vestíbulo. Cuando estuviese
encendida tendría un aspecto magnífico.
—Es preciosa —dijo Vienne casi sin aliento—. Me encanta.
—Ya suponía que te gustaría —contestó él, satisfecho de sí mismo—. A juzgar
por las escaleras que veo por aquí, diría que los chicos la están desempolvando o
recolocando, así que ve con cuidado. Tengo que preguntarle a Gordon cuándo le va bien
que traigan las alfombras. En seguida vuelvo.
Vienne sonrió.
—Soy perfectamente capaz de entretenerme sola.
Trystan le ofreció otra de sus devastadoras sonrisas y se fue. Y, por raro que
pareciese, ella lo echó de menos al instante. Qué tontería. Maldiciéndose a sí misma, se
acercó a una de las escaleras. La idea de subirse a una e inspeccionar la lámpara de cerca
era muy tentadora.
—Disculpen —les dijo a un grupo de hombres que estaban en la sala de al lado—.
¿Alguno de ustedes podría sujetarme la escalera?
Evidentemente, todos se ofrecieron voluntarios, pero Vienne eligió a uno —era
incapaz de recordar su nombre— que un día le habló de su esposa e hijos. Era un marido
y un padre abnegado, así que estaba bastante segura de que no miraría por debajo de su
falda.
—Ayer por la noche repasamos todas las escaleras, madame La Rieux —la
informó cuando ella empezó a subir por la que había elegido—. Están sujetas con alambre
a los postes para que no se caigan al suelo.
—Me alegro —contestó, con el corazón acelerándose a medida que ganaba altura.
No tenía miedo; estaba impaciente. Se sentía muy atrevida subiéndose allí para ver
la lámpara. Apostaría su fortuna a que las insulsas debutantes de Trystan jamás habían
hecho algo semejante.
Se detuvo antes de llegar al último peldaño y giró el torso para ver mejor aquella
magnífica obra de arte de cristal. De cerca era todavía más impresionante.
La escalera se tambaleó un poco y Vienne se volvió de nuevo. Iba a decirle al
hombre que la sujetase con más fuerza cuando oyó el distintivo ruido del metal al partirse,
seguido por el de la madera astillándose y la escalera empezó a alejarse de la pared.
Intentó aferrarse a algo, a una moldura, al marco de una ventana, pero la escalera
siguió balanceándose a pesar de que ella trataba de apoyar todo su peso en sentido
contrario. A sus pies, oyó cómo el operario gritaba.
Probó a bajar un peldaño, pero le faltó estabilidad para lograrlo. Durante un
segundo, la escalera se quedó completamente vertical, igual que un artista de circo con
zancos, y luego se desplomó hacia atrás. Vienne se sujetó con fuerza con la esperanza de
no caer, pero de repente se notó volar por los aires con la escalera a su lado precipitándose

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hacia el suelo. No pudo hacer nada para evitarlo, igual que tampoco pudo hacer nada para
no chillar.
Oyó que Trystan gritaba su nombre y entonces su cuerpo golpeó el suelo. Su
cabeza hizo lo mismo unos segundos más tarde.
Y perdió el conocimiento.

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tan inesperada. Estaré encantado de casarme con usted.
Vienne le habría sacado la lengua por haberle tomado el pelo de ese modo si no
hubiese estado tan contenta.
—¿De verdad? —Él la ayudó a ponerse en pie—. ¿Quieres casarte conmigo a
pesar de que sabes que soy competitiva, malhumorada y tozuda?
—Sí, quiero.
Ella sonrió, incapaz de creerse su buena suerte.
—¿Aunque sea pesimista y, en ocasiones, pueda comportarme de manera
irracional?
Trystan la rodeó con los brazos.
—Aunque te parezca raro, sí, quiero.
Vienne echó la cabeza hacia atrás y lo miró. Los preciosos ojos azules de él
resplandecían bajo aquella luz.
—Trystan, recuperar a mi familia me ha ayudado a poner el pasado en el lugar que
le corresponde, pero me resultará difícil dejar atrás los últimos veinte años.
—Nunca he creído que fuera a ser fácil, cariño.
—Habrá veces en las que me comportaré como una loca, que dudaré de tus
sentimientos y de los míos. Que creeré que no soy lo bastante buena para ti.
Él le acarició la mejilla con ternura.
—Habrá veces en que yo me comportaré como un loco y también tendré dudas. El
matrimonio consiste en ayudarse el uno al otro en esos momentos. Nadie es perfecto y
que nos amemos no significa que no vayamos a discutir nunca más. Significa que
queremos pasar el resto de nuestras vidas juntos, compartiendo los buenos y los malos
momentos. Un día malo a tu lado sigue siendo mejor que un buen día al lado de otra
persona. Así que sí, me casaré contigo y no quiero oír ni una palabra más al respecto.
Entonces la besó antes de que ella pudiera decir nada más. Aunque en realidad no
había nada más que decir. Trystan la aceptaba tal como era. Él siempre lo había hecho así,
lo único que pasaba era que Vienne, antes, había tenido miedo. Pero ya no lo tenía y,
aunque le iba a resultar difícil cambiar lo que pensaba sobre su pasado, ahora que tenía a
su familia a su lado todo sería más fácil. Sentía por fin que se merecía ser feliz, algo que
antes no se habría atrevido a soñar.
Sentía que se merecía a Trystan. No importaba que él fuese más joven, ni que
perteneciese a la nobleza. La diferencia de clases tan sólo había sido un obstáculo
superficial, porque, aunque Vienne dudaba sobre si ella era lo bastante buena como para
estar con él, jamás había puesto en duda que fuese tan buena como cualquier otra dama.
—¿Vienne?
—Oui? —Ya echaba de menos los labios de Trystan.
—¿Me has dejado ganar?
Ella se limitó a sonreírle y a acercarle la cabeza, porque quería volver a besarlo.
Trystan la abrazó con más fuerza y la levantó del suelo mientras los dos sonreían pegados
a los labios del otro. La risa no estropeó el beso, lo mejoró. Vienne se regodeó en la
felicidad que la embargaba y comprendió por fin que Trystan y ella eran socios en el más
amplio sentido de la palabra. Y que siempre lo serían.

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Kathryn Smith empezó a escribir prácticamente cuando todavía era una niña, y
desde entonces se ha dedicado en cuerpo y alma a inventar nuevas historias. Descubrió las
novelas románticas cuando estudiaba periodismo, y decidió que quería llegar a escribir
como Lisa Kleypas.
Encontrarás más información sobre la autora y su obra en: www.kathryn-
smith.com

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